Siguiendo con nuestro post anterior sobre políticas de viajes y satisfacción de viajeros, vayamos a otro punto clave. Si lo traducimos a dinero ¿Cuánto cuesta a las empresas gestionadas, es decir con recomendaciones en política de viajes, pero no mandatos,  lograr esos 3,3 puntos más de satisfacción de sus empleados que las empresas que aplican políticas obligatorias? La respuesta resulta una grata sorpresa, pues cuesta un 33% menos que un programa obligatorio.

Los autores del estudio no se atreven finalmente a afirmar con rotundidad que implementar una política con recomendaciones resulte mucho más barato que imponer una política de restricciones, puesto que las comparaciones no son estrictamente iguales: hablamos de empresas distintas, viajes diferentes, distintos viajeros y circunstancias etc. Pero sí se atreven a afirmar de manera contundente que una gestión muy estricta  de la política de viajes disminuye la satisfacción de los viajeros y su capacidad para lograr los objetivos profesionales relacionados con el viaje, que es lo que finalmente constituye la razón de los desplazamientos profesionales.
Política de viajes  vs “fricción” del viajero    
Tener bien implementada una política de viajes y hacer seguimientos periódicos de ésta buscando vías de optimización y mejora puede ayudar a las empresas a ahorrar anualmente hasta un 20% de su presupuesto anual. La política no sólo supone una cultura de empresa, nos ayuda en la centralización y consecución de datos con los que realizar evaluaciones y tomar nuevas decisiones y lo que es más importante, una buena política incide en la seguridad del viajero al aumentar el control y minimizar la dispersión de proveedores y cambios sin supervisión.
Sin embargo cuando la política de viajes se convierte sólo en política de ahorros podemos generar lo que el experto americano en viajes de empresa, Scott Gillespie denomina “fricción”.  La fricción, los elementos de estrés que las incomodidades del viaje provocan en los viajeros, se acaban pagando a nivel empresarial como costes. El precio del viaje para las compañías es pues la suma de los costes objetivos que abona a la agencia y otros proveedores más los costes de fricción de los viajeros que podremos calcular a partir de encuestas de calidad, entrevistas etc.
Finalmente la empresa acabará pagando estos costes de fricción con formatos de menor productividad entre sus colaboradores, pérdidas de proyectos, descontento entre clientes y por supuesto, reactividad de los empleados hacia el viaje y en último extremo, en rotación alta de empleados, falta de retención del talento etc.
Buscar el equilibrio entre costes objetivos y fricción ante el viaje debe ser el objetivo clave de una buena política de viajes.

(c) GEBTA. Alicia Estrada

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