A estas alturas resulta, cuando menos curioso, leer afirmaciones como «el business travel es un gasto necesario». Es una afirmación rotunda, que corresponde a una reciente encuesta de American Express Global Business Travel, y que recoge la percepción de nada menos que el 76% der los travel managers encuestados. Sólo un 24% de los profesionales objeto del informe definían los viajes de negocio como una inversión.

Es muy probable que para muchos de los encuestados, una vez analizada a fondo la respuesta, la diferencia sea fundamentalmente semántica, porque tanto en el caso de quienes consideran el business travel como gasto, como para quienes lo entienden como inversión, se trataría de una actividad necesaria e imprescindible, cuya ausencia conllevaría efectos negativos.

En ambos casos, por consiguiente, es de suponer los travel managers tendrían asumidas las consecuencias de dejar de viajar, y con ello el retorno de los viajes, en términos de su contribución al crecimiento y desarrollo de la empresa, que tanto GEBTA como Oxford Economics/WTTC fijan en un 1:10 de media.

A partir de aquí podríamos llegar a concluir que el 0% de los travel managers consideran el business travel como una actividad prescindible y nociva para las empresas.

Entonces, ¿dónde está la diferencia entre el 76% y el 24% de los encuestados? Aunque resulta aventurado de determinar, resulta plausible pensar que la diferencia entre quienes asignan a los viajes la naturaleza de gasto y aquéllos que la consideran inversión, es sobre todo un tema de actitud y perspectiva.

En este caso, no se trataría de una diferencia nimia. Otorgar al viaje un rol de inversión denota una actitud proactiva, que a priori irá asociada a una conducta que tenderá a potenciar los efectos positivos de aquél, a procurar multiplicar el rendimiento de los desplazamientos y a incrementar la productividad de los viajeros mediante políticas correctoras del ahorro, cuando concurren determinadas circunstancias. En definitiva, una actitud más orientada a la expansión.

Para quienes ven los viajes como gasto necesario, es probable que nos enfrentemos a actitudes más conservadoras, tendentes a controlar el impacto de los desplazamientos y por consiguiente a primar el ahorro, sin considerar, por ejemplo, la eventual aplicación de medidas correctoras capaces de aumentar la productividad y el ROI del viaje. En este caso, la actitud del travel manager estará más enfocada a «poner el pie en el freno».

Al final, pues, estaríamos delante de una diferencia profunda, más de fondo que de forma, que puede tener efectos sobre la actividad de la empresa.

Si el viaje es necesario y positivo para las compañías -y en eso parecerían coincidir la totalidad de los encuestados-, ¿por qué no apostar decididamente por él? ¿Por qué no pisar algo más el acelerador?

(c) Marcel Forns. GEBTA 2016

 

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